Tengo una edad. Mis amigos y colegas se quedan boquiabiertos cuando ven mi mesa de trabajo, mi mesa del salón-comedor, ambas llenas de montañas de libros.

«-¿Estás forrando libros?»

«-Así es, porque estoy estudiando y no me gusta estropearlos más de la cuenta.»

¿Estudiando? ¿A tu edad? Y así un florido repertorio de preguntas que ponen de manifiesto la incredulidad. ¿Quién estudia con más de 50 años de edad? Pues… yo y tantísima más gente que no quiere quedarse estancada en sus estudios primarios, ni secundarios, ni siquiera universitarios. Porque el conocimiento adquirido cuatro décadas atrás, sin actualización de ningún tipo, ¿qué sentido tiene?

Ya no tenemos máquinas de vapor. Los motores de ignición están destinados a desaparecer. Los ordenadores cuánticos están ahí cada vez más cerca del alcance de la mano. ¿El conocimiento no debe evolucionar igual? He dicho muchas veces que el sustrato, la experiencia, el conocimiento anterior es una base sobre la que asentar nuevas experiencias y nuevos conocimientos. Lo contrario sería la obsolescencia programada.

Por desgracia hay conocimiento que no se puede adquirir sin aplicarlo. Es decir, leer un montón de manuales, asistir a decenas de cursos sin más prácticas que las de los ejercicios y problemas que se planteen en esos ámbitos, me parecen incompletos. No tienen en cuenta el mundo real. El día a día «de verdad», sea la actividad que sea, es muy distinto.

Cada empresa tiene su propia idiosincrasia y su método de trabajo, sin entrar en si es el mejor o no. Para «encajar» en dicho entorno no hay mejor manera que moverse en él, adaptarse al mismo y formar parte de la metodología existente.

Con esto llego a la (desaparecida) figura del aprendiz. Esa que algunos que peinamos canas o ni siquiera las peinamos, vivimos en nuestras primeras experiencias laborales.

«-¿Tú que sabes hacer?»

«-Escribo a máquina.»

«-Estupendo. Ponte a hacer etiquetas y cuando termines ahí tienes el archivo de las facturas.»

Un enorme montón de albaranes de entrega a los que había que adjuntar las correspondientes etiquetas. Una por bulto. Miles de bultos… Y otra enorme de facturas pendientes de archivar, ocupando la parte superior de media docena de archivadores metálicos. Casi llegaban al techo…

Teclear miles de etiquetas dan soltura, os lo aseguro. Y también ayudan a planificar estrategias, como las de usar papel carbón para reducir el tiempo. Más tarde, usar una máquina eléctrica dulcificaba un poco el esfuerzo físico (y la máquina estaba allí sin que nadie la usara). Archivar no era nada divertido. Horas y horas de pie, luchando contra el «sistema» aplicado. No sabías si usar la primera letra del nombre del cliente, o los artículos te los tenías que saltar, etc. Prueba y error, abrir subcarpetas y ver cómo se había hecho hasta el momento. Encontrarse con dos o más criterios de ordenación en la misma subcarpeta… ¿Las mayúsculas y minúsculas juntas o separadas?

En suma, el aprendizaje en vivo y en directo enseñaba más que cualquier teoría escrita. Poco importaban las pulsaciones por minuto si las etiquetas no estaban listas a tiempo. De poco valía haber despejado la parte superior de los archivadores si luego no era posible encontrar una factura concreta en un par de minutos. El día a día pulía esos defectos y enseñaba el «cómo hacer las cosas» en la oficina. En ESA oficina, no en todas, por supuesto.


A día de hoy, hablando de tecnología, de computación, de programación y todo lo que conlleva, siento algo de nostalgia por ese puesto de aprendiz. No me refiero a ser contratado por la empresa XYZ y que te enseñen desde cero, claro que no. Pero, ¿por qué no existe esa fórmula mixta en la que tienes unas capacidades determinadas y la empresa te acompaña en el camino de adaptarlas, ampliarlas o redirigirlas hacia su cultura?

«-No se espera nada de tí en al menos tres meses.»

En uno de mis últimos puestos me lo dijeron el primer día. Me quedé estupefacto. O sea, vengo aquí con mi CV, os gusta, nos entendemos y tenéis claro que los primeros 90 días no seré productivo. La verdad es que casi fue así, pero no del todo. En una semana ya había desarrollado algunas utilidades que no entraban en el marco del «nuevo gran proyecto», pero sí eran de ayuda para lo que existía y estaba en funcionamiento. Poco a poco iba captando la cultura del equipo de IT, con todos sus más y menos.

Años antes, en otro puesto distinto se me encomendó la creación de una intranet. Hablo de cuando dicha palabra apenas se veía en alguna publicación y el concepto en sí no estaba nada claro.

«-Busca información, libros, manuales, cursos, si es necesario te vas al extranjero a averiguar y aprender todo lo necesario.»

¡Buena oferta! Tomé la palabra y en pocos meses pude diseñar un producto flexible y adaptable para instaurar una intranet «desacoplada», válida para más de una empresa. Un éxito gracias a esa voluntad de «no sabemos cómo, pero sabemos que se puede aprender». La empresa invirtió cuatro meses en mi autoformación. Puedo asegurar que fue muy rentable.

En otras ocasiones no ha sido así. El primer día igual no, pero el segundo te ponen frente al toro y tienes que capearlo como sea. Sin muleta, sin estoque, a pelo.

«-Haz tu trabajo. Para eso se te paga.»

Son dos posiciones diametralmente opuestas. La mayoría de veces ha sido la segunda y no la primera la que ha primado. Luego que venga el empresario y suelte lo de «cuando los tengo enseñados se van». Sí, será eso.


Volviendo de nuevo a la actualidad me pregunto si existen empresas o cuando menos equipos de desarrollo cuyos responsables tienen en cuenta lo anterior. Los programadores, analistas-programadores, diseñadores web, equis, tenemos nuestro «traje», pero hay que adaptarlo al evento, a la ocasión y a las necesidades del puesto. ¿Se tiene en cuenta en el momento de valorar a un candidato? Por lo que llevo visto apenas se contempla esa posibilidad. Si que encuentro ofertas en las que hay presupuesto para formación, 1.000€, 2.000€, etc. anuales. Eso está muy bien. Entonces, si no cumples dos de los ocho requisitos pedidos, ¿te puedes acoger a esa formación para postular por el puesto? Más bien esa voluntad de formación contínua parte de lo que ya sabes y se supone que lo sabes todo, para que tecnológicamente hablando puedas seguir evolucionando. Lo mismo sucede con los idiomas.

«-Damos clases de inglés, español, alemán…»

Si si, pero en la oferta se pide un nivel C2 de inglés. ¿Tiene sentido?


Es posible que conozcáis la película «El becario», con Robert de Niro. Un ejemplo, con todos los peros y objeciones que se quieran, de un puesto de trabajo para el que el protagonista no está capacitado. La tecnología se le resiste. Sin embargo, su experiencia anterior le da la seguridad para resolver conflictos y problemas ya vividos. La película no tiene más mensaje, pero… se puede reflexionar un poco sobre el tema.

Otra película muy distinta, llamada «Los becarios» con Vince Vaughan y Owen Wilson, dos «carrozas» postulando para trabajar en Google, dan la campanda pasando el proceso de selección entre cientos de jóvenes recién salidos de universidades, másters, etc. Es su experiencia vital la que los hace resolver situaciones para los que los bisoños estudiosos y cerebritos no saben qué hacer por una razón sencilla: nunca se han enfrentado a dichos problemas en el mundo real.

Las películas no son un reflejo de la vida real, lo sabemos. Algo hay de verdad de todos modos. «Más sabe el Diablo por viejo que por Diablo» sería el slogan a aplicar en los casos mencionados.


Para no repetirme de escritos anteriores, ahora viene cuando me siento extraño leyendo ofertas «junior» y «senior» con la diferencia que suponen entre sí. Dos, tres, cuatro años de experiencia laboral ya elevan el nivel junior a senior. Vaya… Suelo hacer la bromita de que con ese baremo yo ya no soy senior, soy el gurú de gurúes, ¡cuando menos Gandalf el Blanco! En todo caso, hasta Gandalf necesita seguir aprendiendo para mejorar. Y en su camino puede ejercer un cargo importante, el de mentor, el de maestro de aprendices, compartiendo su sabiduría con los que empiezan o están a medio camino de la túnica blanca.

Me voy a estudiar un rato.

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